¿Por qué he decidido cortarme? Esta pregunta, cargada de dolor y de una lógica que a
muchos adultos resulta incomprensible, me la respondió una niña de 11 años que acude a
terapia psicológica por autolesiones. Con una sinceridad que desarma, me explicó que
cortarse es una forma de sentir alivio ante un dolor que no sabe nombrar ni contener. Y
aunque parezca contradictorio, muchas niñas y adolescentes describen ese acto como una
liberación. No buscan lastimarse: buscan respirar.
Las autolesiones son, en esencia, un intento desesperado de gestionar emociones muy
intensas. Algunas de estas niñas atraviesan situaciones extraordinariamente difíciles y no
cuentan con las herramientas para afrontarlas. El tránsito por la adolescencia, con sus
radicales cambios fisiológicos y orgánicos, genera una angustia que muchas veces resulta
indescriptible. El cuerpo cambia, la identidad se sacude, y el entorno no siempre ofrece un
lugar seguro donde aterrizar.
Para algunas, la autolesión funciona como una forma de autocastigo. Suelen ser niñas muy
inteligentes y autocriticas, que no se sienten comprendidas en casa ni en la escuela. Para
otras, la motivación es distinta pero igual de reveladora: se sienten vacías, anestesiadas
emocionalmente, y el dolor físico les permite sentir algo, lo que sea, aunque sea eso.
Es fundamental subrayar que las autolesiones no son, en la mayoría de los casos, un intento
de suicidio. Sin embargo, sí constituyen un factor de riesgo que exige nuestra atención
inmediata como adultos, familias y comunidad. Ignorarlas o minimizarlas puede tener
consecuencias graves.
En los últimos meses he observado un incremento preocupante: niñas de apenas 10 años que
se cortan los brazos, adolescentes de 15 o 17 años que se lesionan las piernas como válvula
de escape ante la presión acumulada. Lo que para muchos adultos parece incomprensible,
para ellas es la única salida que conocen. Y lo más alarmante: cuando los padres creen que
esto lleva poco tiempo ocurriendo, las propias niñas me confiesan que llevan años haciéndolo
en silencio.
Este problema no distingue entre familias. Aunque en algunos casos el origen está en
entornos disfuncionales, con separaciones conflictivas o violencia, también se presenta en
familias aparentemente estables donde las niñas no han aprendido a gestionar sus
emociones. La ausencia de herramientas emocionales no es un defecto de carácter: es una
brecha educativa que todos podemos contribuir a cerrar.
Otro factor que agrava la situación son los espacios digitales sin supervisión. Existen grupos
en redes sociales, algunos con nombres aparentemente inofensivos como Ana (anorexia) y
Mía (bulimia), que reclutan niñas a través de Facebook y las derivan a chats de WhatsApp
donde se les incita activamente a no comer, a vomitar y a autolesionarse. El lema de estos
grupos es siniestro: «Si quieres ser bella, tienes que ver estrellas». La referencia al mareo por
anemia es una distorsión cognitiva presentada como ideal de belleza. Les pido a los padres
que busquen estos grupos intencionadamente para que los denuncien. Son espacios
depredadores que operan sobre niñas vulnerables.
También es urgente asumir que nuestros hijos e hijas, por más inteligentes que sean, no
siempre tienen la madurez emocional para interpretar correctamente lo que circula en
internet. Confiar ciegamente en su criterio digital, sin acompañamiento, es un riesgo real.
Existen sitios donde se normaliza la violencia y se alienta el daño propio. El gobierno y las
autoridades de ciberseguridad tienen una deuda pendiente con la infancia, también acá.
¿Qué podemos hacer como adultos?
El primer paso, y quizás el más difícil, es no juzgar. Escuchar sin horror, sin castigo, sin
minimizar. Validar lo que sienten con frases simples: «Entiendo que estás sufriendo», «Sé que
la estás pasando mal», «Aquí estoy, cuéntame». Crear espacios seguros para la conversación
es más poderoso de lo que imaginamos.
El segundo paso es buscar apoyo profesional con psicólogos capacitados para atender este
problema. La intervención temprana cambia trayectorias de vida. En
psicologiaydesarrollocomunitario.com/contacto/ encontrarán orientación.
Recuerda: la mejor forma de cuidar la salud es desde la prevención. Y prevenir significa estar
presentes, con ojos abiertos y corazón dispuesto a escuchar lo que nuestras niñas, sin
palabras, nos piden a gritos.
Causas y azares…
Los políticos siguen siendo uno de los grandes males del país, donde millones viven
en precariedad, como ocurre con los jubilados. ¿Es mucho dinero el que se requiere?
Tanto como el que se desvía sin llegar a quienes dedicaron su vida al servicio público.
¿A dónde van los 10 billones de pesos si la atención médica es deficiente y las calles
están abandonadas?
Hasta la próxima, que la historia es también una forma de ficción.
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