Casimiro Méndez, un Senador Purhépecha

Comprometido con las causas populares.
08:14 PM 17/07/2018


El Profesor Casimiro Méndez, es un michoacano comprometido con las causas justas. Se ha preparado y cuenta con el grado de Doctorado. Fué electo como Senador de la República, en el Movimiento de Regeneración Nacional. Su historia, es digna de reconocimiento. Les compartimos, un relato que el originario de Sicuicho compartió.

HISTORIA DE MI VIDA.

Infancia y primera etapa.
Yo nací una mañana fría de otoño en un hermoso y pequeño pueblo. En Sicuicho casi todas las estaciones del año son frías. Nací cerca de una barranca conocida como “Chuindiro”, a orilla y al oriente del pueblo. En una casita de madera, rodeada de pinos, cedros, hierba mojada, lugar musicalizado por el trinar de aves multicolores. Mi madre es de Pamatácuaro, y mi padre de Sicuicho. Tuve la fortuna de llevar la sangre de estos dos pueblos y, sobre todo, llevar en mis venas la sangre del pueblo purépecha.
El lugar donde nací, era un terreno prestado a mi padre. La pobreza era compañera fiel e inseparable de nuestra joven familia. Mi padre por aquellos años era trabajador de la construcción, el esfuerzo como en todos los casos, era extenuante y la paga muy poca. Mamá esperaba en casa, cuidando a mis hermanos mayores Odón, Carlos, Juana y a mí, tejiendo palma, nos cuenta que tejía mucho. Entre el salario de mi padre y el de mi madre apenas alcanzaba para sobrevivir. La salud era un lujo, a causa de la pobreza murió Odón de neumonía, mi hermano mayor. Mi madre nos cuenta que tenía que cocinar los frijoles en un bote de chiles, a falta de enseres domésticos. Por las noches, la iluminación eran tres velas de cera. Y la calefacción, eran las brasas de la fogata extinguida al interior del hogar. A veces los tíos y los abuelos de Pamatácuaro nos llevaban fruta, despensa y juguetes. Así como cuentan la historia familiar mis padres, creo que teníamos la corona de la pobreza en el pueblo.
Abuela Amelia, tía de mi papá también se compadecía de nuestra situación. Siempre que iba a visitarnos llevaba pedacitos de chocolate y jugaba con nosotros toda la tarde. La abuela Amelia, fue el primer rostro que vi cuando abrí los ojos a la vida, ella asistió a mi madre en el parto. Por eso, desde siempre, algo muy especial me unía a ella.
La familia aprovecho el tiempo de la siembra para garantizar el alimento los meses venideros, las cosechas y la pepena para guardar los granos, las lluvias para buscar hongos, quelites y fruta de temporada. En las fiestas patronales de Sicuicho y Pamatácuaro mis padres siempre andaban con los bolsillos vacíos y nosotros los hijos, descalzos.
La situación familiar llego al punto de quiebre con la muerte de mi hermano mayor, esto obligó a mis padres a tomar la decisión de abandonar el pueblo en busca de mejorar nuestra condición de vida. Un día cualquiera, papá y mamá, cada uno se colgó un costal al hombro con todas nuestras posesiones, sueños y esperanzas, se sacudieron el polvo de los huaraches y abordaron el primer servicio de transporte público de ese día. Algunos meses vivieron en Paracho, mi padre trabajaba como aprendiz de laudero, con el paso de los meses definitivamente mis padres se instalaron en Uruapan, Perla del Cupatitzio.
Mi padre volvió a integrarse al trabajo de la construcción, y apoyo a mi madre para hacerse de poquita mercancía, que vendía entre las calles Constitución y esquina con 16 de Septiembre. Mercancía que se componía de algunos comales, cuchillos, espejos redondos de bolsillo, cortaúñas, quinqués, peines. Junto con otros desplazados de sus comunidades indígenas por la pobreza, se logró consolidar una organización de comerciantes ambulantes para evitar desalojos o detenciones de la policía.
Tiene sentido el comercio ambulante en la vía pública, permanecer en la calle, es muestra de las crisis económicas que se agudizan cada vez más, y laceran la espalda del pueblo desempleado. El comercio ambulante no se origina por un decreto de nadie, ni por voluntad de ningún gobierno, estos espacios en la calle nacen como una necesidad vital, de mejorar las condiciones de vida de nuestras familias, y trabajadores desempleados, y estos espacios en la calle se logran a través de luchas y movilizaciones, no sólo de nuestros compañeros comerciantes, sino también hermanados con estudiantes, normalistas, colonos y organizaciones sociales. Y así nacen las primeras organizaciones sociales de pequeño-comerciantes de Uruapan.
Vivíamos en una vecindad, en la calle Nicolás Romero, Centro. Hoy es un gran estacionamiento nuestro antiguo hogar. No había luz, nos iluminábamos con velas. A mí me gustaba ver la danza de la flama sobre la vela. Duraba horas observando esa hermosa danza. Dormíamos en petates sobre el suelo, ni pensar en la comodidad de la cama o el colchón, no había dinero para esos lujos.
De las primeras imágenes, que recuerdo de mi infancia son tres. La primera es el brillo de las estrellas que se filtraba a través de la puerta abierta, en una madrugada de diciembre en Sicuicho. La segunda imagen es la estrella roja, símbolo comunista dibujado en una manta, portada por estudiantes normalistas de Tirepetío, Mich, mientras mi madre me sujetaba de la mano, allá por los 80´s en una manifestación de organizaciones sociales, magisteriales y estudiantiles, en el centro de la ciudad de Uruapan. No sé qué tiene la estrella roja, que desde que la vi me cautivo por siempre. La tercera imagen es la mirada transparente, firme y serena de un cuadro del Che Guevara, colocado al interior de la Casa del Estudiante “Madre Latina”. Desde el primer día que lo vi, supe que sería un buen compañero de viaje por los años de intensa lucha que vendrían.
Mi infancia, aunque difícil, por la situación económica familiar puedo decir, que conservo bellos recuerdos de ella, sobre todo de los grandes esfuerzos de mis padres por tratar de sacar mis estudios adelante. Desde entonces, siempre nos hemos dedicado al comercio ambulante y militando en aquellos años con otras organizaciones de comerciantes, casas de estudiante, colonos y estudiantes normalistas. Haciendo frente común contra alza al trasporte público, de la canasta básica, por el derecho a la vivienda y sobre todo por el derecho a la salud.
Vi y viví la represión de cerca, las detenciones de los compañeros, las amenazas, las golpizas. Desde entonces supe a qué sabe el gas lacrimógeno, desde entonces sé que es correr delante de un policía, y sobre todo a solidarizarnos con otros sectores de la sociedad.
Mi infancia la dividíamos entre ir a la escuela, participar en las movilizaciones y apoyar en la economía familiar. Estudiamos la primaria en la Escuela “Melchor Ocampo”, a unas cuadras del centro. Recuerdo que los primeros años confundía las palabras en español con el púrhepecha y eso generaba la burla de mis compañeros. Muchas veces mi mochila era una bolsa de asa, en cada asa metía mis brazos y asi feliz me iba a mi querida escuela. Los fines de semana con mis hermanos Juana y Carlos nos íbamos a vender estropajos de fibra de maguey, chicles, varitas de canela que comprábamos en las bodegas de semillas y a veces mi actividad preferida: cantar en los camiones. Yo me divertía cantando, a veces me bajaba del camión sin cobrar.
Con mis hermanos nos íbamos a vender a todos los tianguis de la ciudad, a los mercados. Nos íbamos a vender a poblados cercanos de la ciudad, Lombardía, Nueva Italia, San Juan Nuevo, Pátzcuaro. Ya teníamos amigos en diferentes lugares. Amigos que antes de empezar a vender nos fiaban la morisqueta, los tacos, el atole. Y a veces hasta raid, nos daban. Nuestros padres no estaban muy de acuerdo con vernos trabajar, pero hicimos un trato. Nos darían permiso de trabajar con la condición de tener promedio mínimo de ocho. Y así fue, al terminar las clases nos poníamos hacer la tarea para tener tiempo al día siguiente de ir a trabajar.
Mis padres seguían reforzando el dominio de la lengua purhépecha en la ciudad. El contacto con Pamatácuaro o Sicuicho nunca lo perdimos. Seguíamos yendo al pueblo en vacaciones o en las fiestas patronales. Participábamos en la fiesta chananskua de la fiesta del Corpus. Por cierto es una de las fiestas del pueblo que más me gusta, porque a todos los trabajadores nos da la oportunidad de repartir entre la comunidad una parte de lo que hemos ganado en el trabajo, mediante la danza los carpinteros repartes artesanías de madera, las trabajadoras panaderas, reparten pan, los maestros algunos útiles escolares y así por el estilo. Yo hasta ahorita no he fallado a esta fiesta. Nos íbamos al pueblo también en diciembre a participar en las tradicionales pastorelas, primero como pastor y después como rancheros.
Ya no íbamos descalzos, traíamos nuestros zapatos baratos, pero nuevos. En el pueblo llaman estreno a la ropa nueva, y nosotros, ya estrenábamos ropa nueva. Papá ya traía sus pesos como para tomarse una canela con alcohol. Trabajando paliábamos la pobreza. Desde entonces comprendí que los pobres no tenemos destino, los pobres tenemos manos y con esas manos construimos nuestro futuro. Y nuestro deber es apoyar a otros hermanos a salir adelante.


El Diario Visión
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