Psicología infantil: lo que nadie nos explicó cuando nos convertimos en adultas.
12:17 PM 24/04/2026
Somos Nuestra Memoria
Psicología infantil: lo que nadie nos explicó cuando nos convertimos en adultas
Por Boris González Ceja
Y muchas veces, también somos las heridas que nunca supimos nombrar.
Los niños no son adultos pequeños. Su manera de pensar es ingenua, concreta,
profundamente imaginativa. Mientras una niña interpreta el mundo desde la emoción,
una adolescente empieza a construir pensamiento crítico y abstracto. Ignorar esta
diferencia no es un error menor: es el origen de muchos gritos, castigos injustos y culpas
que se arrastran toda la vida.
Ahí es donde entra la psicología infantil. Esta disciplina estudia cómo niñas y niños
piensan, sienten y se vinculan con el mundo desde el nacimiento hasta alrededor de los
12 años, cuando inicia la adolescencia. Pero más allá de los libros y teorías, su verdadero
valor está en la vida cotidiana: en la casa, en la escuela, en la calle, en la forma en la que
educamos… o dañamos.
En el consultorio he escuchado cualquier cantidad de abusos contra los niños, como no
tienen idea, al grado de que se puede hacer un diccionario de los niveles de frustración y
maldad que muchos adultos han cometido contra sus propios hijos, por culpa de padres
que siguen repitiendo una y otra vez la forma en la que fueron criados.
Ninguna madre ni padre recibe un instructivo al tener un hijo. Nadie nos explica cómo
acompañar un berrinche, cómo leer un silencio prolongado o cómo responder cuando
una niña pregunta algo que nos confronta con nuestra propia historia. Conocer a
nuestros hijos también nos obliga a conocernos a nosotras mismas. Y eso, aunque
incómodo, es profundamente transformador.
Cuando una mujer comprende la historia emocional de su hijo, su propia vida adulta
cambia. Se resignifica. Crece. Sana. En cambio, cuando desconocemos nuestra propia
historia emocional cargada de odio, resentimiento o miedos, y también cuando
desconocemos a nuestros hijos —cuando minimizamos su llanto o invalidamos su
miedo— el desgaste aparece: frustración, cansancio, amargura. Y eso siempre deja
huella, tanto en ellos como en nosotras.
Existe una frase antigua que dice que si se instruye al niño en su camino, no se apartará
de él al crecer. No es magia ni moralina: es neurodesarrollo. Sabemos que muchos
adultos violentos fueron niñas y niños profundamente dañados. Pero también es cierto
algo que incomoda aceptar: no toda infancia rota produce un adulto violento.
¿Dónde está la diferencia? En los vínculos fuertes con familiares o amigos; En la
presencia de al menos un adulto que miró, escuchó y protegió; En la reflexión que tienen
las personas, sepan leer o no, sobre problemas ajenos que son de sus padres.
La crianza se aprende, se ejercita y es un acto de profunda valentía. A veces desde la
infancia, a veces ya siendo adultas, reparando lo que nadie reparó por nosotras. Por eso
es urgente hablar de crianza positiva como una política pública real, no como discurso
vacío. No basta con buenas intenciones ni campañas bonitas: se necesitan leyes,
presupuesto, formación y seguimiento. Para seguir dándole atole con el dedo, ya
tenemos suficiente con algunos que no saben dónde están parados.
Hoy seguimos exigiendo una Ley de Crianza Positiva porque lo que está en juego no es
ideología, es salud mental. Pero vemos con preocupación cómo muchos legisladores
prefieren hacerle al engabanado. Algunos por incapacidad, otros por complicidad. Ojalá
la minoría de diputados que piensa y siente responsabilidad social haga algo más que
prometer.
Cuidar la salud mental de niñas y niños es cuidar el país que seremos mañana, es un acto
humano que va de la ternura a las capacidades puestas al servicio de ellas y ellos, es
hacer de nuestras energías semillas, que esperan una cosecha fructífera, sin reproches y
sin remordimiento. Lo bueno en psicología se cocina lento, con dedicación a diario.
Y quizá, al hacerlo, también podamos sanar un poco a esa niña que muchas mujeres
llevamos dentro.
Causas y azares…
Se anuncian estrategias de salud mental sin financiamiento público, diseñadas
lejos del territorio y de las familias. Se responsabiliza a la sociedad en el discurso,
pero se le abandona en los hechos. Y entonces llegan las tragedias que luego
fingimos no entender.
Los casos de violencia extrema no aparecen de la nada. Son historias que pasaron
antes por los consultorios, aulas, hogares y servicios de salud mental, ahora
rebasados. Son advertencias ignoradas. Y cada una de ellas nos recuerda que
invertir en la infancia no es un lujo, es prevención.
En psicología hemos observado como cientos de personas como Julio César
Jasso de 27 años, autor de la masacre en Teotihuacán, han pasado por servicios
de salud mental públicos y privados, pero por la falta de una política de salud
mental medianamente bien hecha, se quedan como historias anónimas, sin
respuesta clara para los contribuyentes.
Hasta la próxima, que cuando yo era niño, yo no sabía entonces de la muerte en ese entonces yo era inmortal.
La Fiscalía General del Estado de Michoacán (FGE) informa que fue localizado con vida el médico Irving César Flores Manzo, quien contaba con cédula de búsqueda activa tras haber sido reportado como desaparecido.